Woodkid, épico y poético.

 

Hace un año y algo descubrí lo que podría ser, para mí, uno de los mejores videoclips de la historia moderna. Por su impecable factura artística, su épica y evocadora concepción meticulosa, su estilo y su buen aprovechamiento del blanco&negro, las brillantes cámaras lentas (mi debilidad, todo hay que decirlo) en un compendio de imágenes simbólicas y sugerentes que me cautivó: rebelión, misticismo, religión, Apocalipsis, llaves, armas, animales y libros.

Era el videoclip de un artista prácticamente desconocido llamado Woodkid, lo cual hacía el video aún más enigmático. ¿Alguien que sale de la nada del panorama musical tiene esta obra maestra como carta de presentación? No quiero imaginar lo que está por llegar de este hombre en tiempos venideros… bueno, realmente si quiero. Imaginar y ver.

Pues bien, este mismo año apareció un segundo videoclip que es una descarada continuación del anterior: belleza visual, imaginario desbordante, mismos conceptos y mismo estilo narrativo. Algo que hace intuir una especie de saga videoclipera histórica. Sin duda habrá un tercero, no se sabe cuando, pues la críptica trama se queda incompleta en esta secuela y todo apunta a continuar evocando mundos e ideas. Y así vivo, cada dos por tres, rebuscando por internet en busca de algún indicio de existencia de una nueva entrega que me haga levitar de nuevo.

Detrás de Woodkid se esconde un proyecto de un gran artista multi-disciplinar: fotógrafo, director de videoclips, diseñador y músico que no ha hecho nada más que empezar. Su primer disco está a punto de salir y, con la pinta que tiene todo, está “condenado al éxito”.

Merecida condena.